Si hubiera que encerrar en una frase el carácter principal del libro de Hechos se podría decir que es fundamentalmente una narrativa de misión, la misión de la primera iglesia, prolongación de la misma misión de Jesús. Solo así se comprende que el verdadero protagonista de la obra sea el Espíritu Santo, prometido y enviado por Cristo a sus seguidores.

El Espíritu Santo es el alma verdadera de la misión, es el que impulsa la palabra, el mensaje evangélico a través de algún protagonista secundario. Son muchos los nombres de estos otros protagonistas que aparecen en el libro de los hechos: Pablo, Pedro, los más sobresalientes sin duda, pero tantos otros, mujeres y hombres cuyos nombres y también las cosas que hicieron, forman parte de la memoria colectiva de misión de la comunidad cristiana de todos los tiempos.

Como Palabra de Dios, el libro de los Hechos sigue tan vivo y actual como siempre. El mismo Espíritu que animó y sostuvo la misión de aquellas comunidades es el que sigue animando, impulsando, empujando la tarea de la iglesia, y confrontando al mundo. El libro de los Hechos es un libro que nos da la seguridad de que esa palabra de salvación impulsada por el Espíritu Santo no será nunca encadenada ni amordazada porque lleva el aliento del poder y del amor salvador de Dios.

En el capítulo 15 del libro de los Hechos –los invito a leerlo-, encontramos una de las tantas enseñanzas que podemos repensar. Cuenta el texto que, ante las quejas de algunos judeocristianos, se aborda en Jerusalén la cuestión de cómo aceptar en la iglesia a los gentiles, a los que no provenían de la tradición judía.

Representantes de la iglesia de las primeras generaciones se reunieron entonces en Jerusalén para debatir sobre esta cuestión, un problema que había surgido a partir de la evangelización. El problema puntual radicaba en si la circuncisión como signo del judaísmo era necesaria para todos los varones que adherían al cristianismo pero que procedían de un ámbito no hebreo. Aún más: si la Ley hebrea (la Torá) con todos sus mandamientos y preceptos, debía ser cumplida y practicada por los cristianos (se contaban algo así como 613 preceptos en el Antiguo Testamento).

Podemos casi decir que este conflicto en caso de no ser resuelta podría haber generado en la iglesia del Siglo I una lamentable división. También hoy, como ayer, estamos expuestos permanentemente a conflictos en la iglesia. De hecho, la historia nos enseña que la iglesia adoptó muy diversas formas institucionales, doctrinas, liturgias y orientaciones. Y es interesante que cada situación existencial, social, y cultural, condiciona la manera de creer y experimentar a Dios, y de comprender por dónde pasa la vida de la iglesia.

Pero de este texto surge la enseñanza de un principio fundamental que nace del ejemplo de aquella asamblea en Jerusalén: ante las dificultades reales que pueden amenazar la vida de la iglesia, su testimonio, su misión y la evangelización, no deberían tomarse resoluciones individualmente sino en comunidad: la oración en comunidad, el diálogo fraterno, el aprender a escucharnos. Tomar en cuenta de dónde venimos cada uno, cuál puede ser la experiencia espiritual de nuestro hermano o hermana, cuál es su forma de acercarse a Dios, de creer… de ser un instrumento del Espíritu Santo.

La asamblea finalmente resuelve permitir que los gentiles, los no judíos, abracen la fe sin tener que cumplir todos los preceptos judíos.

Los invito entonces a reflexionar con estas preguntas: ¿son necesarios muchos preceptos para ser un buen cristiano? ¿De donde provienen a veces todas y tantas exigencias que nos ponemos?

Oremos para pedir al Espíritu Santo la luz para saber diferenciar lo esencial de lo secundario en la vivencia de la fe, y pidamos a Dios apertura de mente y corazón para aceptar a aquellos que viven la fe de manera diferente.