La misericordia es uno de los atributos divinos, Dios es el que busca al pecador y le ofrece perdón, por eso decimos: ¡Grande es tu misericordia! Pero Dios más que misericordioso es la misericordia misma.

El Señor Jesús nos pide ser misericordiosos. Recordando al profeta (Os. 6,6) les responde a los fariseos cuál debe ser la correcta actitud de vida “Id, pues, y aprended que significa: Misericordia, quiero y no sacrificio….” (Mt.9,13). Nos enseña a través de la parábola de “El Buen Samaritano” (Lc.10,25-37) quien obró con misericordia de entre todos los viajeros del camino. Y por si fuera poco, nos alerta que la verdadera felicidad, esto es, que ser bienaventurado corresponde a los misericordiosos “porque también alcanzarán misericordia” (Mt.5,7).

La misericordia es una disposición del corazón, que se interesa comprometidamente por el hermano y el prójimo, el sufriente y doliente, el angustiado y quebrantado, el que necesita que obremos para su bien. El término castellano de “misericordia” proviene de la conjunción de dos palabras latinas, miser (miserable, pobre) y cordís, cord (corazón), más el sufijo ia, que indica cualidad o virtud, de modo que misericordia es la disposición a sentir y estar compasivamente junto al necesitado.

Pero la misericordia no es una disposición contemplativa del sufrimiento del otro, sino una acción comprometida de la cual no esperamos nada para nosotros, como son todas las obras de misericordia, que no son obras meritorias para nuestra salvación, sino que es la misma “fe que obra por el amor” (Gál.5,6). Obrar por misericordia, ese dar-se por el otro, es en cierto modo también, estar dispuestos a recibir misericordia de los demás, comenzando con la misericordia de Dios. Como dice Pablo es darse “por amor los unos a los otros” (Gál.5,13 | Ro.12,10). La misericordia no tiene nada que ver con la lástima y son tan distintas una de la otra, como la ofrenda con la limosna. Hasta J. L. Borges, un “increyente” si se me permite la expresión, escribió: “Bienaventurados los misericordiosos, porque su dicha está en el ejercicio de la misericordia y no en la esperanza de un premio”.

Veamos pues, algunos consejos y recomendaciones de las Escrituras:

1_Hagamos el bien a todos

Según tengamos oportunidad, hagamos el bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe (Gál.6,10).

2_Tengamos siempre presente al hermano, al necesitado.

Así leemos: “Si un hermano o una hermana están desnudos y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y sin embargo alguno de entre ustedes les dice: Vayan en paz, manténganse calientes y bien alimentados, pero ustedes no les dan las cosas necesarias para su cuerpo, ¿de qué provecho es?”.(Stg. 2,15-16).

3_Estemos listos para socorrer al hermano.

Nos pide que alentemos “…a los de poco ánimo”… sostengamos “a los débiles”…y ser pacientes “con todos” (1Tes. 5,14).

4_No guardemos rencor a nadie, perdonemos siempre.

El rencor genera amargura en nuestro corazón (Ef.4,31-32; He.12,14-15) es necesario que cultivemos una vida dispuesta a perdonar. “No te digo siete veces, sino aún setenta veces siete” (Mt.18,22).

5_Demos lo mejor, nuestros dones y nuestro dinero.

“Cada uno dé como propuso su corazón…Dios ama al dador alegre” (2Cor 9,7). Ofrezcamos nuestros dones a todos (1Pe.4,10). Jesús dice: Felices..Dichosos..Bienaventurados… “los misericordiosos”, es decir los que aman al hermano y al prójimo, “…porque ellos alcazarán misericordia”, que es como decir: Dios los amará mil veces más.

Héctor Diomede