Job 4:1-21 “Antes alentabas a muchas gente y fortalecías a los débiles…pero ahora que las desgracias te acosan te desanimas, te llenas de miedo cuando te afectan a ti (4:3-5)

Hace unos años un amigo velaba angustiado frene a la cuna de su pequeño hijo que se debatía ente la vida y la muerte. En las horas más dramáticas en el hospital se encontraba tan desesperado que no podía concentrase para orar por su hijo. La respuesta que recibió de un sabio pastor que lo acompañaba fue: Es que ahora es el momento de que otros oren por ti.

El sufrimiento, cuando es intenso, es un “partidor de aguas”, una línea divisoria, una frontera. Traza una distinción muy nítida en nuestra vida ente los tiempos de bonanza y prosperidad y las etapas de dolor y angustia. Todas las personas tenemos “relatos” de una y otra de esas etapas. Los percibimos como tiempos separados, en los que parece que habríamos vivido en dimensiones distintas de la vida. Entendemos al salmista cuando afirma que el regreso de los inauditos dolores del exilio fue como “un sueño” (Salmo 126:1). En nuestras propias historias de vida, experimentamos esa sensación de irrealidad que rodea a los momentos de inmenso sufrimiento, y también a los de profunda felicidad.

Por eso también el sufrimiento traza una línea entre las personas que sufren y las que no, las que parecen vivir en mundos distintos. De allí el difícil arte de acompañar a los angustiados. La angustia es como un país, con su propio idioma, sus propias leyes y sobre todo su propio clima Quien está angustiado no percibe las palabras ni los acontecimientos, de igual modo que los que no están pasando por esa situación. Sobre todo, no los interpreta con la misma clave que quien atraviesa por una etapa de alegría o de serenidad. Esto lo sabemos, pero también fácilmente lo olvidamos poniendo sobre los que padecen cargas que no pueden levantar. Por eso, las primeras palabras de Elifaz – el primer amigo en responderle a Job, nos suenan a golpe bajo. Obviamente Job había sostenido a los que tropezaban y a los de manos decaídas (4:4-5), pero lo había hecho en otro tiempo de su vida.

La fortaleza de Job en un momento distinto de su vida, se usa aquí de manera artera en contra del mismo Job. La barrera que hay que saltar entonces se coloca demasiado alta. Se le niega a Job el derecho de llorar, por la sencilla razón de que en otro tiempo, en circunstancias favorables y con mejor ánimo, alentó a los que lloraba. Siempre será así, en la perspectiva de esa religión de las obras y del perfeccionismo narcisista, no hay un lugar para la debilidad y la flaqueza. Los justos no pueden fallar nunca, los creyentes dudar alguna vez, y los entusiastas estar tristes. Si lo hacen, ese momento de debilidad borra de un plumazo todos sus buenos tiempos. Qué cruel puede ser la verdad mal manejada! Un poco más adelante en el diálogo, Job se queja de que los amigos no toman sus palabras teniendo en cuenta en qué situación las pronuncia: “¿Me van a juzgar por mis palabras, sin ver que provienen de un desesperado? (6:26, NVI) ¿No tiene Job acaso derecho de quejarse? ¿Lo hace eso menos justo? ¿Valdría de algo que asumiera una actitud santulonamente resignada si no fuera el reflejo de sus verdaderos sentimientos? ¿No lo alaba Dios al final del libro precisamente por ser sincero?

¿No desemboca una actitud tan exigente fácilmente en una espiritualidad insensible?

El famoso “lloren con los que lloran” debería comenzar en primer lugar por dejar llorar a los que lloran. Respetar el dolor como dolor, no subestimarlo, no contradecirlo con afirmaciones falsamente espirituales. También implica saber llorar nuestras propias penas. Aceptando los momentos de debilidad como lo que son. Sabiendo que en ellos, otros deben sostenernos con su afectos, sus palabras de aliento, su silencio o sus oraciones. No empequeñecemos ni a Dios ni a nuestra fe, sino que precisamente nos la tomamos muy en serio, cuando aceptamos el tono anímico de cada una de las etapas de la vida.

Para preguntarnos: (adaptado)

¿He hecho los duelos por las pérdidas que he sufrido? ¿Me doy permiso para llorar o siempre tengo que estar bien? ¿Cómo reconozco y respeto mis momentos de sensibilidad emocional? ¿Hay personas que saben que pueden llorar conmigo? ¿Escucho y trato de entender o tengo una explicación para todos?

¿Qué estrategias podríamos desarrollar como comunidad para tener espacios propicios para que la gente se sienta contenida y que está en un proceso de sanidad emocional?

Lita Sanahuja

(Extracto del libro “Cuando no se puede parar de sufrir” Eduardo Tatángelo)