Estas palabras pretenden ser una reflexión sobre la oración y más específicamente cómo oramos los cristianos. Las ideas más negativas de la posmodernidad ha inficionado a la iglesia en mucho más de un aspecto, sobre todo en la secularización del mundo (esto es, la desaparición del significado de lo sagrado) junto al individualismo y el anonimato urbano de la vida cotidiana. Este aspecto, que venía incluso de antes junto a la llamada modernidad y a las corrientes liberales en el campo religioso, dio como resultado el abandono de “la vida de piedad personal”.  Para muchos cristianos la oración ha perdido sentido y en el mejor de los casos, sus prácticas se vieron pervertidas.  Una muestra de ello es como se vive la oración comunitaria y cúltica en la iglesia. Deberíamos ser desafiados –quizá de tanto en tanto, con una letanía, con una oración guiada- para no considerar a la comunidad de fe como el “ombligo del mundo”.

Personalmente no puedo pensar en la oración sin que me venga a la mente la Parábola de Jesús sobre el Fariseo y el Publicano (Lc.18,9-14). ¿Cuánto hay de alabanza, adoración y gratitud a Dios en nuestras oraciones? Muchas reflejan la actitud del fariseo “que confiando en sí mismo como justo”, no son sino anuncios velados de qué tan buenas personas somos. ¿Y cuándo intercedemos, lo hacemos solo por nuestros amigos y conocidos? En nuestras oraciones están presentes “nuestros enemigos”, si es que en verdad le amamos.  (Viene ahora a mi memoria –perdón por la digresión- un artículo sobre la oración en El Estandarte Evangélico, escrito por el pastor Adam F. Sosa seguramente 60 años ya, que tenía un título sugestivo: “Recuerde maldecir a sus enemigos en sus oraciones”).

¿Qué de nuestras oraciones por el ministerio de la iglesia y de los marginados en nuestro pueblo? En general hemos perdido la capacidad de escuchar la voz de Dios en nuestras oraciones, basta traer a la memoria el “tiempo real” que tienen nuestras oraciones de reflexión silenciosa, son como “el minuto de silencio” en un estadio de fútbol…30 segundos…bueno, quizá algo más.

En nuestra piedad personal hemos perdido también la práctica del autoexamen, de someternos dulcemente a la misericordia de Dios y preguntarnos: ¿He servido al hermano y al prójimo o he retaceado mi esfuerzo? ¿Dejé pasar la oportunidad de anunciar el evangelio por temor, vergüenza o desamor? ¿He pensado con malicia o envidia de mi hermano? ¿Me mantuve con paciencia y dominio propio frente a que consideraba un error? ¿Obré con amor y misericordia o soy una “piedra de tropiezo”?  ¿Fui siempre dócil a la voluntad del Señor y estuve disponible a la guía de su Espíritu? …Y muchas cuestiones más, y no nos olvidemos de orar “por los pecados que son ocultos” (Sal.19,12) y para que “nos libre del mal” (Lc.11,4).

Nuestra oración personal es sanadora y liberadora.  Más tú cuando oras… “no seas como los hipócritas… que oran para ser visto de los hombres”, “entra en tu aposento en tu aposento y cierra la puerta” y “no uséis vanas repeticiones como los gentiles que piensan que por su palabrería serán oídos” (Mt.6,5-7).

Dios está pronto a escucharnos si lo hacemos, con la mente, con el sentir y el Espíritu de Cristo.

Hace algunos días atrás escuche un relato cómico. Una persona llama al cielo para comunicarse con Dios y se encuentra con un contestador que le dice: “Si quiere ser perdonado… marque 1, si busca consuelo… marque 2, si quiere ser curado de sus dolencias…marque 3… sino aguarde en línea y un ministro autorizado lo atenderá en un instante”.

Nosotros sabemos que el Señor no tiene un contestador, él mismo atiende personalmente. Está siempre disponible, como alguien dijo una vez: “Dios no hace huelga, no hace paros, está siempre de guardia”.

La vida de piedad y la vida de misericordia van de la mano. El servicio que prestamos a otros es también una oración, si lo hacemos para la gloria de Dios.

Nuestra oración para ser eficaz no depende del conocimiento, la jerarquía, las riquezas o del cargo que tengamos, sino de la fe y la comunión que tengamos con Dios (Stg.5,15-16).

Héctor Diomede