Cuántas decisiones son tomadas en la intempestuosidad de los acontecimientos de nuestra vida, los que se suceden uno tras otro. El ritmo de una vida rápida está siempre al acecho. Tenemos que responder a las exigencias laborales, al mercado de consumo por el cual nos esforzamos para alcanzar los últimos avances de la tecnología, a fin de asegurarnos de no “quedar afuera”. Todas situaciones donde es difícil parar y reconocernos, como personas, como creación de Dios. Hace unos años en Italia se inició el movimiento “cittaslow” o ciudades lentas, en respuesta a buscar un modo de vida en que los ciudadanos aminoraran la velocidad, se valoraran la tradiciones, sin dejar de lado los avances tecnológicos que ayudaran a mejorar la calidad de vida.

La contemplación, el ir a trabajar en bicicleta o simplemente salir de paseo, charlar con el vecino, disfrutar de la rutina de una manera apacible parecen ser una pérdida de tiempo frente al mandato de esta época que reza “el tiempo es oro”, “no tengo tiempo”, etc. El hecho es que el modelo de la vida rápida, está siendo cuestionado, y eso es una buena noticia. Pero la realidad nos confronta, cómo lograrlo…? Introducir cambios para des-acelerarnos ayudará a que esto suceda. 

Recuperar la conversación sosegada – sin aparatos de por medio -, la escucha compartida o inmovilidad sino como para “caminar mejor”- golpea a la puerta de nuestra vida. El tiempo es un bien que se puede gastar o invertir. Pero no puede guardarse, debe ser empleado y el usarlo con inteligencia ayudará para priorizar lo importante. 

En tiempos de cambios, y por qué no de crisis, podemos darnos la oportunidad de volvernos y encontrarnos con Dios, fuente de vida y de la creación, el principio y el fin. El tiempo de Dios es Kairos, y significa momento oportuno. El viene a tu vida en el momento oportuno y nos encuentra, a cada uno, y no solamente te desacelera sino que da sentido a tu vida. 

El Volver a su Palabra que nos fue dejada desde hace tanto tiempo, la carta de Dios para Palabra manifestada para abrirnos los ojos, para ayudarnos a recibir de su amor y poder reconocerlo, reencontrarnos con su propuesta tan vigente para nuestros días. Encontrarnos con Dios no está tan de moda, pero por alguna razón lo buscamos. Es como volver al principio y poder lo que a nuestro alcance es imposible. El nos propone buscar otro tesoro, donde “ni el óxido ni la polilla lo destruyen”, (Mateo 6:19-21); Acompañar el ritmo de la naturaleza siendo parte activa para cuidar nuestro planeta porque sabemos “que toda la creación gime como si tuviera dolores de parto” (Romanos 8:22a); Cuidar nuestros vínculos fectivos, “para que el amor no se enfríe” (Mateo 24:12; Parar para estar con nuestros niños, como “Jesús que tomaba a los niños en brazos y los bendecía” (Marcos 10:16); Escuchar a los jóvenes con sus rollos y sus sueños estimulándolos (1º Timoteo 4:12); Hacer una llamada o visitar a los abuelos/as (Proverbios 20:29). En definitiva Buscar ese espacio propio, íntimo, donde estar quietos y conocer que Dios es el Señor (Salmo 46:10) para interpretar los tiempos nuestros para que tengan sentido y para que recuperemos aquello que estaba perdido. Quizás necesitemos cambiar nuestro ritmo, desarrollar una actitud interior de calma, así como para que surja una maravillosa melodía se necesita combinar el sonido y los silencios, también nosotros, para re-encontrarnos.

Amalia Sanahuja