A la hora de describir nuestra vivencia personal de Jesús, honestamente, poco importan los análisis teológicos y la teoría. En el camino, de nuestra vida nos hemos encontrado con Jesús y, por pura gracia, le vamos dando nuestra adhesión personal y libre, un lugar en nuestra vida que se va haciendo cada día más consciente en nuestra cotidianeidad.

En algún punto nos situamos como los discípulos. Como personas que, fascinadas por su figura y enseñanza deciden seguirlo, escucharlo, comprender en lo profundo la verdad que trae, y sumergirse en ella, vivirla.

Nos situamos como los pescadores, ahogados en su tarea continua y desgastante en los lagos de Galilea, que dejan sus redes y acompañan el camino de Jesús, aprendiendo y haciendo suceder las cosas, re-descubriendo al Dios de sus tradiciones en la concreta acción y palabras de Jesús. O como las mujeres que lo acompañaron a lo largo de su vida pública, mujeres sencillas de las tierras palestinas, que, sin saber leer, sin un lugar importante en la religión o la política, se entregaban al cuidado y al trabajo manual. O como aquellos que, en posiciones de conocimiento o lugares sociales más altos, descubren que el encuentro con Jesús transforma sus vidas, y generan un cambio. Y así todos se van convirtiendo en multiplicadores del mensaje, y de la buena noticia del Reino de Dios.

Y nos vamos dando cuenta de que Jesús vino al mundo para compartir la alegría, y el amor.

Juan 15,9-12 Así como el Padre me ha amado a mí, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si obedecen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, así como yo he obedecido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que tengan mi alegría y así su alegría sea completa. Y éste es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande que el dar la vida por sus amigos.

Vamos descubriendo que podemos ser felices, lo cual no deja de lado el dolor o el sufrimiento, ni las contradicciones ni las contrariedades. Y desde la madurez que vamos encontrando, y desde la esperanza fruto de la fe en el Jesús Resucitado, que venció la muerte, vamos construyendo una alegría personal y comunitaria, que se va haciendo visible en la vida cotidiana, y nos hace comprometernos con la comunidad. Y también nos ocurre que, cuando fallamos, Jesús nos vuelve a sorprender con la alegría del perdón y de la reconciliación, y en eso redescubrimos cuán grande es el amor de Dios.

Tal vez podamos reconocernos en esta experiencia; tal vez podemos ver nuestra vivencia de hoy en la fe, y sin embargo ¡a veces anteponemos tantas cosas!… precondiciones, excusas, “no puedo”, normas, reglamentos, tradiciones y costumbres, haciendo que sean más importantes. Y si bien no olvidamos, si relativizamos que Jesús pateó (literalmente pateó) cada una de esas cosas -incluidas las discusiones teológicas y las teorías y normas de la religión- para ponerlas por debajo del reconocimiento de cada persona a la que miró con Amor. Y fueron estas personas que, al sentirse mirados así, al compartir el camino con Jesús, se transformaron en multiplicadores del mensaje y de la buena noticia, que alcanzó a tantos hasta llegar a nosotros hoy.

Tal vez, para cumplir nuestro anhelo de que la comunidad de “El Buen Pastor” en Colegiales sea un espacio para más personas, donde más puedan acercarse, o tal vez para sentirnos cada vez más unidos como comunidad, para tener más espacios donde expresarnos, no haga falta buscar en complicadas soluciones o largas disquisiciones. Tal vez, la respuesta sea volver a Jesús. Volver a buscar todo esto que sentimos verdaderamente al encontrarnos con Jesús. Volver a hacer carne la profundidad de su amor incondicional para con cada uno de nosotros. Lo que es Jesús para mí, para vos, para cada uno. Compartir lo que encontrarnos cuando nos encontramos con Jesús, que nos da paz, alegría, ganas de vivir. Y ser eso mismo cada uno de nosotros para los demás. En definitiva, una experiencia de fiesta, libertad y alegría, a pesar de todas las noches oscuras. Eso nos permitirá estar frescos en la vida, y transmitir esa frescura del Evangelio: un soplo de vida.

Romina Roger